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Quién se atrevió a intentar ir con Rodelies a la manifestación desde Terrassa, por ejemplo, ya se encontró en la estación con un escenario similar al de los últimos días: los trabajadores de Seguridad son la única referencia en el recinto. Muchas veces, con poca o nada de preparación para atender el público. La gente se tiene que amontonar apenas cruzar la máquina de entrada, esperando que los digan por qué vía pasará su tren, hasta pocos minutos antes. Esta vez, en todo caso, el tren ha llegado y el servicio se ha completado.
La cruda realidad es que miles de personas (en torno a unas 400.000 usuarias diarias, según cifras oficiales) se acercan a diario, desde hace años, a las estaciones de Renfe con en el corazón en un puño, sin saber que se encontrarán, si llegarán a la hora o no al trabajo, la universidad, la escuela, el hospital… El caos de los últimos días y semanas se presentan como un tipo de estallido final.
La ciudanía espera algo más de las “autoridades” y gobiernos, administraciones responsables; algo más que este, si no más, aparente moverse solo a base de batacazos. Hace muchos años que hay problemas graves con las infraestructuras y servicios y derechos básicos (también a la sanidad y la educación, sin ir más lejos); hace años que hay a disposición informes, análisis y todo tipo de datos e informaciones sobre causas y consecuencias al respeto. Y las protestas y movilizaciones ciudadanas.
Hace 19 años, las primeras grandes manifestaciones por Rodalies
Para citar solo un caso, hace poco la CONFAVC, que con 21 entidades más convocaba la manifestación de la tarde, recordaba que «en 2007 se creó el Comité de Clientes en Renfe para abordar el gran problema de Cercanías, retrasos, seguridad, accesibilidad, inversión, entre otros, mientras que, en aquellos momentos, toda la inversión iba a la línea del alta velocidad».
Por su parte, la ANC y el Consell de la República hacían hincapié en la carencia de financiación y la relación de «sometimiento» con el Estado español: «El accidente de Gelida, causado por el desprendimiento de un muro después de las fuertes lluvias, evidencia la fragilidad de unas infraestructuras abandonadas y resultado del modelo de colonialismo que nos somete España, donde el bien común de la tierra y del pueblo queda siempre relegado».
Xavier Antich, presidente de Òmnium Cultural y que ha participado en ambas movilizaciones, declaraba que lo que sufrimos es una muestra de la «quiebra del estado español», y recordaba la movilización, antes citada, de hace casi 20 años, «cuando nos manifestamos porque la situación ya era muy grave. Y en estas ya décadas no se ha hecho nada y la situación no ha dejado de empeorar».
Los parlamentos en la conclusión de la manifestación de la mañana, que saliendo del monumento a Rafael Casanova fue hasta Urquinaona y bajó por Laietana hasta la plaza San Jaume, Lluis Llach recordó nuevamente las dos décadas de abandono o, más concretamente, «de expolio colonial por parte del Estado español», para insistir también en el hecho que la infrafinanciación y el expolio afectan los servicios públicos y la economía en general, «impidiendo el desarrollo del país». «Aquí no va de trenes», remachó, «va de dignidad, va de futuro, del futuro de nuestra nación, que nos compromete a todos».
El Gobierno confirma: la infraestructura es frágil y su estado es deplorable
La misma consejera de Territorio, Sílvia Paneque, explicaba en rueda de prensa en el Parlament el pasado 5 de febrero, que por primera vez se estaría revisando de manera integral toda la red de Rodalies y, segundo, que se estaría encontrando una infraestructura frágil y del todo deplorable. Concretamente, informó de la existencia de 648 puntos vulnerables en la red que requieren inspecciones, y de 31 tramos en los cuales hacen falta actuaciones de emergencia.
Con estas declaraciones, la consejera reconoce, cuando menos implícitamente, las denuncias de las organizaciones y entidades que han movilizado la ciudadanía: el nivel de infrafinanciación y el desvío de recursos hacia otros proyectos, el olvido de la red de cercanías… La dimensión del problema, de hecho, no solo lo hace más grave, sino que lo convierte en un desafío a la economía y el modelo global de país.
Es desde esta perspectiva que Adrià Ramírez, presidente de la Asociación para la Promoción del Transporte Público, en la conclusión de la manifestación de la tarde, que recorrió el trayecto entre la estación de Francia y la misma plaza San Jaume, afirmaba que «el problema del transporte público es un tema político».
La movilidad, los servicios y el modelo de país
Parece así pues, como mínimo, prudente y necesario mirar este problema (crisis, caos, colapso…), en el contexto de acontecimientos que en los últimos años han trastornado Cataluña y más allá, como son la pandemia, la Dana al Pais Valencià y otros fenómenos meteorológicos por todas partes, y o el apagón eléctrico en la Península.
En este sentido, las 22 entidades convocantes de la manifestación de la tarde, en el manifiesto unitario destacan que el «transporte público es la herramienta que tiene que garantizar la igualdad de oportunidades» y que, concretamente, «el tren es una parte clave de la respuesta a la crisis climática». Al mismo tiempo que piden un «cambio de escala en la inversión y un cambio radical en cómo se gestiona el sistema ferroviario del país para garantizar un servicio ferroviario digno, seguro, accesible y fiable».
Cómo decía Sergi Picazo, añadiendo material de mucho de interés sobre el tema en l digital Crític: «El tren podría convertirse en una de las herramientas para salvarnos del colapso climático y del calentamiento global y, de paso, cambiar radicalmente el mapa social, demográfico y económico de la Cataluña fracturada, vaciada y desigual. Aspiramos, pues, a redibujar los nuevos mapas del siglo XXI. No volamos aeropuertos sobre el mar; volamos trenes en Berga, en Olot y en Esparreguera (y un corredor mediterráneo de mercancías). Necesitamos un plan Marshall ecologista ya, o lo pagaremos caro en los próximos 20 o 30 años».
Sería el momento de articular, desde ya, al menos una unidad mínima en torno a puntos básicos de la sociedad del bienestar, democrática y de derechos que volamos. Esto parece que es lo se propone desde la calle. Y con urgencia, porque, como también no pocos datos ponen en evidencia, hace falta mucho esfuerzo y también tiempo para superar la situación actual.


