La parábola de la igualdad

En definitiva, la compatibilidad entre libertad e igualdad constituye el dilema central que atravesó aquel período histórico de los años setenta y es un reto todavía hoy pendiente.

Andreu Mayayo / Javier Tebar
 
 

© Carme Masiá

© Carme Masiá

Diari del Treball enceta un apartat, que tindrà en el futur forma de bloc, en col·laboració amb la revista Pasos a la Izquierda. A diferència de moltes de les col·laboracions que acull aquest diari, en aquest cas hi ha una pretensió de profunditat.
Pasos a la Izquierda acaba de publicar el seu número 11, que us convidem a fullejar des d’aquest enllaç.

El primer article el firmen dos historiadors catalans: Andreu Mayayo i Javier Tebar: “La parabola de la igualdad”.

 

La figura geométrica de la parábola dibuja una inicial línea ascendente a la que le sigue su propia caída. En el libro En el laberinto. Las izquierdas del sur de Europa, que publica la ya consolidada colección Historia de la editorial Comares, el lector percibirá en buena medida este movimiento declinante en los casos abordados por el conjunto de los seis estudios reunidos en esta obra. Sus autores ofrecen análisis e interpretaciones de la trayectoria de las formaciones políticas de izquierda en los diferentes países del sur de Europa durante los años setenta del pasado siglo xx, a lo largo de una cronología que abarca, con criterio flexible, los años que van desde 1968 hasta 1982.

Es evidente que entre el principio y el final de los acontecimientos median mutaciones, transformaciones y crisis en una izquierda que se adentró en su propio laberinto. Las disyuntivas y dilemas de aquella situación afectaron tanto a la izquierda tradicional, aquella identificada con la histórica tradición intelectual del socialismo, como a la «nueva izquierda» surgida a finales de los años sesenta. Nos hablan de un mundo por ganar protagonizado por la izquierda que construye democracia durante 150 años, en palabras del historiador británico Geoff Eley, y de las propias transiciones por las que atravesará a partir de entonces.

Este asunto fue, de hecho, el foco de interés principal de la jornada internacional de debate «La izquierda en el sur de Europa durante los años setenta», organizada en noviembre de 2016, coincidiendo con las elecciones presidenciales en EE.UU., por la Fundació Cipriano García de Comissions Obreres de Catalunya y L’Observatori Europeu de Memòries de la Universitat de Barcelona, con la colaboración de Segle XX, Revista Catalana d’Historia, del Centre d’Estudis sobre les Èpoques Franquista i Democràtica (CEFID) de la Universitat Autònoma de Barcelona y del Museu d’Història de Barcelona (MUHBA).

En una trayectoria de enormes contrastes como la que caracterizó al pasado siglo xx, la década de los setenta constituiría un período histórico de turbulencia económica y efervescencia social, un momento de apertura, de propuestas y de imaginarios de transformación política. Porque, sin duda, la etapa final de los años sesenta fue un punto de inflexión en la trayectoria de las sociedades contemporáneas. Así lo pondrán de manifiesto las actividades académicas o de cualquier otro tipo en torno a los «sesentayochos» que los conmemorarán, rememorarán o deconstruirán durante este año 2018.


En una trayectoria de enormes contrastes como la que caracterizó al pasado siglo xx, la década de los setenta constituiría un período histórico de turbulencia económica y efervescencia social, un momento de apertura, de propuestas y de imaginarios de transformación política


En la Europa dividida, tanto París como Praga pasaron a constituir potentes iconos de una época. No obstante, la sacudida de las revueltas políticas que representó el 68 tuvo una dimensión transnacional y dibujó líneas de ruptura en las jerarquías sociales y los valores culturales de las sociedades, más allá de la geografía europea. Durante aquellos años tuvo lugar un amplio debate sobre las experiencias estudiantiles del Mayo francés, el movimiento protagonizado por los estudiantes en las calles de Berlín, el «otoño caliente» italiano, el llamado «socialismo con rostro humano» anunciado por el dirigente comunista checoslovaco Alexander Dubček, la lucha antiimperialista en Vietnam, las protestas entre los estudiantes polacos y las acontecidas en los campus universitarios estadounidenses, la masacre de Tlatelolco en Ciudad de México y sobre lo que representó para Latinoamérica el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende (1970-1973). Todas estas fueron cuestiones que movilizaron desde un punto de vista sociopolítico, alimentando la posibilidad de un mundo multipolar que pusiera fin a la lógica de la postguerra.

Lo que es indudable es que en 1968 se iniciaba un nuevo ciclo de protesta caracterizado por un espectacular aumento de la conflictividad y la extensión de una cultura de izquierdas en la que el «marxismo» representaba un campo cultural hegemónico. En el interior de esta cultura política, por otro lado, se apostaba por proyectos confrontados e irreconciliables de cambio, entendido bajo el viejo dilema de «reforma o revolución», lo cual propició que se prolongara en el tiempo un debate iniciado ya a principios de siglo. En todos los actores que conformaban este campo político existía algún tipo de vinculación con la tradición intelectual y política del socialismo. La izquierda tradicional, cuyo proyecto democrático y estrategia política se basaban en el binomio partido parlamentario/sindicato obrero, vio cuestionada su hegemonía, produciéndose la emergencia de una «nueva izquierda» a partir de los también llamados «nuevos movimientos sociales» (de los derechos civiles, del feminismo, del movimiento antinuclear y del pacifismo), que plantearon códigos y estrategias con los que se pretendía ampliar nuevas subjetividades políticas e identidades. En definitiva, la atmósfera de los años setenta expresaba una idea de la proximidad de la «Revolución», eso sí, en diferentes versiones sobre los pasos y el proceso de la llamada «transición al socialismo» -a algún tipo de socialismo- situado entre los extremos del «socialismo revolucionario»y del «socialismo de lo factible», al que apelaban los diferentes sectores de las izquierdas.

En el sur de Europa, entre 1974 y 1977 fueron derrotados o colapsaronlos regímenes dictatoriales tanto de Portugal y Grecia como de España, en un contexto de amplias movilizaciones sociales y de negociaciones del cambio político. Estas transiciones, que estuvieron marcadas por la incertidumbre, darían lugar finalmente a la posterior consolidación de regímenes democráticos liberales. En Italia, la situación política y el contexto han sido definidos como los «años de plomo», durante los que la combinación de inestabilidad democrática y violencia política puso en riesgo a la democracia republicana. Por último, en Francia se fraguaba una política de alianzas, la llamada «Unión de la Izquierda», que pasaba por la apuesta de colaboración entre los socialistas y los comunistas.


En el sur de Europa, entre 1974 y 1977 fueron derrotados o colapsaron los regímenes dictatoriales tanto de Portugal y Grecia como de España, en un contexto de amplias movilizaciones sociales y de negociaciones del cambio político


En este contexto histórico tendría lugar una crisis económica mundial con elementos novedosos, aunque no ajena a la propia naturaleza del capitalismo, quebrando el largo crecimiento económico posterior a 1945 que había propiciado profundas transformaciones sociales y culturales en Europa occidental y América del Norte a lo largo de más de dos décadas. Dicha crisis constituye un elemento central para interpretar la «gran transformación» que tuvo lugar en las sociedades contemporáneas. El colapso que supuso la crisis petrolera y el subsiguiente agravamiento de la crisis económica alteraron profundamente el mundo del trabajo, poniendo en cuestión las propias concepciones de progreso y desarrollo económico. La estabilidad de los acuerdos de posguerra en Europa empezaba a venirse abajo y, en paralelo, se producía una elevada movilización social y política. Desde el punto de vista geopolítico -no conviene olvidarlo-, la etapa de la «coexistencia pacífica» en la «guerra fría» entre los nuevos imperios, Estados Unidos y la URSS, dio paso a finales de los años setenta a nueva fase de confrontación, bajo la amenaza permanente de la destrucción nuclear. Sin embargo, las transformaciones que se estaban experimentando no tenían que ver solamente con la evolución de los actores políticos, de la dinámica económica o de la geopolítica. La dimensión de los cambios socioculturales que se produjeron es una clave para completar una explicación adecuada, en la medida en que aquellos de orden sociopolítico y económico se entrelazaban con la variación en los horizontes mentales y en las visiones sobre el futuro de estas sociedades.

Durante aquel período, el mundo de las izquierdas europeas del sur del continente estuvo atravesado internamente por disputas y enfrentamientos muy agudos. La emergencia de diferentes subjetividades políticas que reclamaban su papel en los proyectos emancipatorios planteó tensiones y contradicciones en la política de la izquierda tradicional. Las nuevas generaciones expresaban culturas y rituales juveniles que desafiabana las antiguas concepciones, de la misma forma que las concepciones sobre el género formuladas por la «segunda ola» del feminismo desafiaban la concepción del papel de la mujer y el heteropatriarcado a partir de sus discursos, prácticas y reivindicaciones. A estas cuestiones se sumaría el que la crisis del modelo del fordismo industrial impactó no solo en la reconfiguración de la clase obrera, sino también en la crisis del propio significado del que había constituido el principal sujeto de cambio histórico en el discurso de la izquierda. A finales de los años setenta, a esta crisis se sumó el incremento del paro estructural en las grandes áreas metropolitanas. Las actitudes sociales de compromiso político darían paso en algunos casos a la violencia terrorista y, de manera mayoritaria, al ensimismamiento y a la búsqueda de un refugio en la vida privada. La movilización y la acción sociopolítica vivieron un «reflujo», que en el caso español se hizo presente a través del fenómeno denominado «desencanto». En el terreno de la confrontación de proyectos ideológicos, el giro que representaría la contrarrevolución conservadora a partir de 1979, encarnada en las figuras de Reagan y Thatcher, y la consolidación del consentimiento neoliberal tuvieron consecuencias que han marcado la evolución de las sociedades occidentales en el cambio de siglo.


El colapso que supuso la crisis petrolera y el subsiguiente agravamiento de la crisis económica alteraron profundamente el mundo del trabajo, poniendo en cuestión las propias concepciones de progreso y desarrollo económico


Una vez iniciados los años ochenta, se iba a producir un desvanecimiento de aquella percepción de cambio social extendida durante la década anterior en el sur de Europa. De esta manera se ponía fin a una larga etapa de futuros posibles, de un espacio abierto a los proyectos de transformación social. Por esta razón, al examinar la aparente paradoja de un ascenso de la movilización social que terminaría en una hegemonía neoliberal entrados los años ochenta, cabe preguntarse cuáles fueron el escenario, las tensiones y los dilemas a los que se enfrentó la izquierda durante aquel período. Al margen de un contexto adverso, es pertinente analizar las claves de una explicación sobre la propia capacidad o la limitación de las izquierdas para llevar a cabo un análisis y lectura adecuados de las transformaciones entonces en curso.

Una izquierda en transición es la idea que sostiene Geoff Eley en su capítulo, en el que nos ofrece una panorámica de los cambios de orden económico y sociocultural que caracterizaron a aquellos años para interpretar la dinámica política. El autor subraya el conjunto de líneas de ruptura que se abrieron durante aquella etapa,desde la crisis del modelo fordista consolidado a lo largo de las tres décadas posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta la extensión de formas de vida relacionadas con el consumo de masas y la introducción de nuevas formas del gobierno económico, pasando por la expresión de identidades sociales construidas por subjetividades insólitas hasta entonces. Unas identidades colectivas que representaron desafíos a la política tradicional protagonizada por socialistas y comunistas y que se construyeron a partir de los «nuevos movimientos sociales». Al reflexionar acerca de la disolución del que hasta entonces había constituido el marco político, Eley nos alerta sobre la necesidad de explorar el espacio principal del dilema político de la izquierda en aquella etapa. En su opinión, sería necesario ofrecer ejemplos, atendiendo las especificidades de cada caso nacional, para responder desde el punto de vista tanto estratégico como sociológico a los problemas a los que la izquierda tuvo que enfrentarse políticamente ante las transformaciones del capitalismo. Pero también habría que examinar aquellas cuestiones que tuvieron que ver con las decisiones de cara a adoptar una estrategia exitosa en un contexto político fluido y de cambio. A esta parte introductoria de su capítulo, le sigue un examen de la evolución de las izquierdas europeas a partir de un análisis comparado de la experiencia del eurocomunismo en los casos italiano y español. Finalmente, el autor concluye aseverando que las actuales contradicciones existentes en el espacio de los partidos socialistas europeos -a su juicio, completamente desradicalizados, centristas y neoliberales- los separan de los escenarios locales donde se encuentra la ciudadanía activa. Según el propio Eley, esta situación actual quizá hunda sus raíces precisamente en la dinámica política de los años setenta.


Una vez iniciados los años ochenta, se iba a producir un desvanecimiento de aquella percepción de cambio social extendida durante la década anterior en el sur de Europa


En el siguiente capítulo, Andrea Sangiovanni aborda la evolución de las izquierdas italianas. El autor señala que, en el contexto marcado por la «estrategia de la tensión», las líneas de fractura que se expresaron en este caso estuvieron relacionadas con las consecuencias de una crisis económica, nunca interpretada de manera por completo adecuada por las organizaciones de la izquierda, a la que además se sumaron las transformaciones socioculturales de gran calado que propiciaron finalmente un conflicto entre la izquierda tradicional representada por el PCI y el ámbito de los «nuevos movimientos sociales» con la que se identificaría la generación política nacida del 68. Para examinar los puntos de fuga de este asunto, Sangiovanni centra su análisis en dos episodios simbólicos de este conflicto que tuvieron lugar en 1977,y posteriormente examina las claves de la crisis política institucional tras el asesinato del democristiano Aldo Moro, así como la «guerra en la izquierda» entre el PCI y el PSI, que imposibilitarían tanto una alternativa de izquierdas como una democrática de estabilidad institucional. Hacia 1980, sostiene el autor, tuvo lugar el reflujo de los movimientos nacidos en 1968-1969, con la retirada de sus protagonistasal ámbito privado, cerrando de esta manera una larga etapa de posibilidades de cambio que se vieron defraudadas.

La izquierda en Francia ante los movimientos sociales es el tema que aborda en el siguiente capítulo Xavier Vigna. En este ensayo se subrayan las grandes evoluciones y el cambio espectacular en el campo político de la izquierda francesa a lo largo de los años sesenta y setenta. Este período estuvo marcado por evoluciones dispares en las relaciones entre el socialismo y el comunismo franceses. El año 1968 representó, entre otras cosas, el fin de la hegemonía que el PCF había mantenido hasta entonces en los movimientos sociales. Las movilizaciones y los cambios políticos producidos condujeron a la crisis del movimiento obrero,una crisis que se expresaba a través de la insubordinación obrera en los conflictos fabriles, del desapego del movimiento de las mujeres nacido al calor de la «segunda ola» feminista, o bien a partir de la distancia respecto de un movimiento ecologista emergente. Las tensiones permanentes entre los partidos parlamentarios de la izquierda y los movimientos sociales, que fueron recurrentes y, según sostiene Vigna, casi inevitables, se produjeron en un escenario de crisis económica y social durante la etapa 1973-1975. Esto se tradujo en crecientes dificultades y deficiencias estratégicas e ideológicas de la izquierda francesa. A pesar de todo esto, con su victoria en 1981, Mitterrand consiguió seducir durante un tiempo a amplios sectores de la izquierda como una alternativa creíble, hasta que la ruptura entre segmentos populares y la izquierda, se volvió cada vez más una cuestión política central.

Magda Fytili aborda en su capítulo la historia de la izquierda griega. La autora nos ofrece una introducción sobre la génesis y la estructura del campo de la izquierda desde la finalización en 1949 de la guerra civil en el país. A continuación examina la lucha por la hegemonía entre los partidos de la izquierda en los años setenta, una vez finalizada la dictadura de los Coroneles. En este escenario, las organizaciones de izquierda que mantuvieron su oposición al régimen dictatorial (1967-1974) aparecieron fuertemente fragmentadas. Por un lado, un Partido Comunista de Grecia (KKE) que a la altura de 1968 se había dividido entre sus partidarios del exterior, de obediencia soviética, y los del interior del país, identificados con el eurocomunismo, quienes a su vez vivieron la escisión que dio lugar a la organización denominada Izquierda Unida. Al mismo tiempo, se produjo el surgimiento de una nueva izquierda, el Movimiento Revolucionario Comunista de Grecia (EKKE). Y, finalmente, en septiembre de 1974 se produjo la aparición del PASOK, autodefinido como movimiento de la izquierda radical, que no contaba con carga histórica alguna aunque ese no fuera el caso de su líder, Andreas Papandréu. La autora subraya que el pasado pudo representar entonces una carga, en particular en la fijación de legitimidades entre las organizaciones comunistas enfrentadas. Mientras, el movimiento socialista de Papandréu, situándose en el eje del antiderechismo, sin aludir solamente al pasado sino también al futuro y apelando al «cambio» y, por tanto, a la ruptura con el pasado, logró en octubre de 1981 una alternancia «aterciopelada». No obstante, a la llegada al poder de un movimiento radical que prometía el socialismo le sucedieron el apaciguamiento social y la retirada de amplios sectores sociales de la vida política activa.

Manuel Loff y Álvaro Cúria han elaborado conjuntamente el capítulo dedicado a las izquierdas portuguesas entre la crisis del régimen dictatorial y el proceso de democratización por la vía revolucionaria que experimentó Portugal durante los años setenta. Los autores ofrecen una panorámica de la evolución del conjunto de actores políticos del campo de la izquierda, optando por utilizar la evolución del Partido Comunista Portugués como eje de su análisis. La vía propia adoptada por el PCP, con una pauta diferenciada respecto al resto de los partidos comunistas del sur de Europa, estaría marcada por cuestiones tanto de contexto como de una estrategia propia que condujo a continuidades, disidencias y permanencias en su trayectoria durante la década posterior. La configuración del mundo de las izquierdas radicales tuvo en el propio PCP un obligado espacio de referencialidad en sus críticas hasta el ocaso de los proyectos de las organizaciones de aquella nueva izquierda. La refundación del socialismo portugués en diciembre de 1974 a raíz de la creación del Partido Socialista, bajo la extraordinaria influencia de una figura como Mário Soares, lo situó durante el período revolucionario en una etapa de preparación del proyecto, marcado por la lógica de la socialdemocracia alemana y los códigos anticomunistas propios de la Guerra Fría. Esto le reportó al PSP una presencia transversal en la sociedad y lo llevó a obtener el apoyo electoral mayoritario,aunque, según subrayan los autores, la evolución en el mundo sindical no respondió a estas mismas claves.

Por último, Carme Molinero ofrece un estudio detallado de la evolución de la izquierda en el escenario de los cambios políticos que se produjeron en España, marcados por el tránsito de la dictadura a un régimen democrático. La autora analiza el proceso y las consecuencias que tendría el paso de formaspropias de la lucha antifranquista de la izquierda española, caracterizadas por la hegemonía del PCE-PSUC y su papel en el impulso de los movimientos sociales durante la etapa final de la dictadura. Durante aquellos años la organización comunista constituyó el «partido del antifranquismo». Del mismo modo, se examinan y evalúan las estrategias y la competencia mutua dentro del campo de la izquierda, entre comunistas y socialistas, durante el proceso de cambio político, cuya dinámica en aquel contexto se saldó con resultados favorables para un PSOE refundado y con apoyos externos extraordinariamente importantes, como el de la socialdemocracia alemana. Esto condujo, según la autora, a la imposibilidad de colaboraciones, como pudieron darse coyunturalmente en el caso portugués, o bien de un proyecto de unidad de la izquierda, como habría tenido lugar en Francia. En este punto, una vez consolidado el sistema democrático, se abriría una crisis de adaptación en la que el propio proceso de autodestrucción del PCE jugó a favor de que los gobiernos socialistas llevaran a cabo unas políticas de modernización económica y social con altos costes sociales y, a medio plazo, políticos para las izquierdas españolas.

En definitiva, las formaciones políticas de izquierdas recorrieron itinerarios diversos para hacer frente a un escenario laberíntico. El examen de este conjunto de trayectorias, donde el estudio de cada caso ofrece particularidades pero también problemas compartidos, nos lleva de nuevo a la imagen del movimiento declinante desde el punto de vista sociopolítico que vivieron las sociedades de los países del sur de Europa. En definitiva, nos remite al cierre de un ciclo iniciado en torno a 1968. A finales de 1981, pocos días después de que el general Wojciech Jaruzelski encabezara el Consejo Militar de Salvación Nacional e impusiera la ley marcial en Polonia,el secretario general del Partido Comunista Italiano, la organización comunista más poderosa de Occidente, Enrico Berlinguer, afirmaba en una entrevista televisada que la capacidad de empuje para la renovación de la sociedad, o al menos de algunas sociedades que fueron creadas en el este europeo, había venido agotándose. Que el empuje propulsor que se había manifestado durante un largo período, cuya fecha se inició con la revolución socialista de Octubre, y que había dado lugar después a una serie de eventos y de luchas para la emancipación, así como a una serie de conquistas, en aquellos momentos había alcanzado una fase que se cierra. Las palabras de Berlinguer expresaban el final de ciclo de una de las corrientes del socialismo histórico, si bien ese cierre terminaría afectando, de manera indiferenciada, al conjunto de la tradición intelectual del socialismo.


Las formaciones políticas de izquierdas recorrieron itinerarios diversos para hacer frente a un escenario laberíntico. El examen de este conjunto de trayectorias, donde el estudio de cada caso ofrece particularidades pero también problemas compartidos, nos lleva de nuevo a la imagen del movimiento declinante desde el punto de vista sociopolítico que vivieron las sociedades de los países del sur de Europa


Más recientemente, y desde otro punto de vista,el historiador Fernando Díez Rodríguez ha ido más allá y ha sostenido que el socialismo como anticapitalismo mantuvo su vitalidad durante un siglo y medio, vivió después un corto período de grave decadencia y hoy puede considerarse agotado. Ante esto, el historiador valenciano sugiere que quizá la nueva imaginación crítica, dado que la tradición del socialismo está desecada, tenga que empezar, como ocurrió con la socialista, «por alguna forma de utopismo, experimentalismo y ensayismo con el fin de escrutar, sin limitaciones, los contornos de los problemas existentes y la posibilidad de avanzar una respuesta»1. Si estimamos que esta nueva imaginación no parece que pueda aparecer del vacío o en el vacío histórico, será necesario repensar algunas experiencias del pasado. Este ejercicio no pasa por re-memorizarlas o por invocarlas en torno a una hoguera en noches de luna llena, como a menudo se plantea,ni tampoco por concederles el tinte de la nostalgia. Muy al contrario, podría ser la asunción de la «melancolía» de la izquierda planteada por el historiador Enzo Traverso la que nos sitúe adecuadamente para hacer un balance a fondo de la trayectoria de una cultura política que si, finalmente, expresa un problema es la voluntad y la capacidad de imaginar la posibilidad de futuros posibles para hacer frente a la visión según la cual estamos condenados a vivir en el mundo en que vivimos. Algo necesario para poner en tela de juicio, entre otras cuestiones, el cierre memorial sobre el fin de las utopías propio del cambio de siglo2.

Aceptando por nuestra parte las dos tesis de Fernando Díez Rodríguez, la del fin de ciclo y la de la necesidad de una nueva imaginación, aquí queremos resaltar otra cara de la parábola con la que iniciábamos esta presentación. En este sentido, la historiadora norteamericana Kristin Ross nos ha planteado que las referencias al pasado fueron llamadas «parábolas» por el pensador socialista británico William Morris. De manera que, más allá de la figura geométrica, la noción de parábola puede concebirse como una yuxtaposición que no pretende «retroceder o invertir el tiempo, sino abrirlo: abrir la red de posibilidades»; es decir, poner las esperanzas del pasado al servicio de las necesidades del presente3. Algo que se puede producir siempre y cuando, tal como plantea el propio Díez Rodríguez, el patrimonio de aquella tradición del socialismo histórico pueda constituir una fuente de inspiración para analizar nuestras sociedades actuales, es decir, que no impida la creación de una nueva imaginación crítica que formule sus propios problemas y soluciones4. La parábola de la igualdad que da título a esta presentación pasa necesariamente por esta doble acepción de la metáfora empleada. Porque, en definitiva, la compatibilidad entre libertad e igualdad constituye el dilema central que atravesó aquel período histórico de los años setenta y es un reto todavía hoy pendiente.

[Este texto corresponde a la presentación del libro colectivo En el laberinto. Las izquierdas del sur de Europa (1968-1982), Editorial Comares, Granada, 2018]